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Coluna de Reinaldo Iturriza |
| Meus primeiros dias no cargo |
Comentaba con mis amigos más cercanos que formar parte del gobierno me hacía recordar a Hunter S. Thompson, el escritor y periodista estadounidense que escribió un célebre libro sobre los Ángeles del Infierno, luego de convivir con ellos durante más de un año. Con esto no quiero decir que mis colegas del gabinete se parezcan a los sujetos que integraban la mítica banda de motorizados. Me refiero a ese desplazamiento de la mirada que significa observar las cosas desde “adentro” y, más que esto, a la experiencia de ser partícipe en lugar de observador. Hay que vivirlo para contarlo.
No es casual que una de mis principales referencias sea un escritor. Además del tiempo junto a mi familia, especialmente la cálida y amorosa compañía de mis hijas, escribir es lo que más extraño. Teresita Maniglia me lo dijo el día del acto de juramentación: que iba a ser muy difícil mantener el ritmo de la escritura. Dicho y hecho: mi último artículo es del 17 de abril, hace larguísimos veinticinco días.
Chávez es mi otra referencia ineludible. Estás presente todo el tiempo, comandante. Lo decía nuestro Presidente, Nicolás Maduro, en algún discurso, y es completamente cierto: en cada caso, frente a cada problema, uno intenta pensar y actuar como lo hubiera hecho Chávez. Pienso en Chávez y recuerdo que uno no se puede tomar muy en serio esto de ser ministro, a riesgo de extraviarse y traicionarse. No me refiero a la responsabilidad que entraña el cargo, sino a los privilegios asociados al poder.
Vuelvo al asunto clave del desplazamiento de la mirada: no se ven igual las cosas desde aquí, pero eso no debe comprometer nuestro enfoque, nuestro punto de partida. Eso que algunos llaman el lugar de enunciación. ¿Desde dónde habla un ministro? ¿Desde la institución? ¿Desde un lugar que no es el pueblo? Si ser ministro es hablar desde “adentro”, ¿qué es lo que está “afuera”?
Sospecho que a eso se refería Chávez cada vez que decía que él era un subversivo en Miraflores. Porque estuviera en el lugar que estuviera, siempre estaba en contacto con el afuera, con lo popular, con las catacumbas, y desde ese lugar pensaba, hablaba, actuaba. Es nuestro deber seguir su ejemplo, y pelear cada día contra la inercia, pero también, y sobre todo, contra las fuerzas de atracción de la costumbre, de la dominación y sus reglas sacrosantas hechas costumbre.
En estos días de mucho desgaste físico y mental, de poco dormir y de mucho trajinar, recuerdo al Chávez que llamaba muy temprano por la mañana al programa de Ernesto Villegas, a mediados de 2011, y nos contaba de sus lecturas sobre Nietzsche y reflexionaba sobre la necesidad del cuidado de sí, y desde esta perspectiva analizaba el tema de la militancia política y pasaba revista de los aciertos y errores del gobierno, de todo lo que nos hacía falta para construir el socialismo. Pensar en ese Chávez lúcido, demasiado lúcido, me reconforta y me da fuerzas.
Y la calle. Allí donde se despejan todas las incógnitas de la política revolucionaria. La calle y el calor de las mujeres que están en todas partes. No puede entenderse la revolución bolivariana si no se valora en su justa dimensión el significado de la participación de nuestras mujeres de las clases populares. Debatirán los historiadores, pero me parece que su masiva incursión en la política es algo inédito. Ellas le imprimen a este proceso una fuerza, un empuje, una convicción realmente admirables.
Estoy convencido de que las incógnitas del momento histórico que nos tocado vivir se despejan no sólo desde la calle, sino partiendo de la premisa básica: se trata de ir reduciendo la distancia entre el “adentro” del gobierno” y el “afuera” popular. Hasta que la distancia sea igual a cero. Si mi “gestión” en Comunas y Protección Social no obedece a esa orientación política estratégica, puede que sea una gestión “eficiente”, pero no estaré contribuyendo en nada a la radicalización democrática del proceso venezolano, y hasta puede que ponga en riesgo la continuidad de la revolución bolivariana.
El Presidente Nicolás Maduro lo ha planteado reiteradamente: nuestra idea de eficiencia está asociada a la idea de cambio revolucionario. Era lo que planteaba el comandante Chávez cuando nos hablaba de “eficiencia o nada”. Nosotros no estamos aquí para “gestionar” un Estado decadente y corrompido, sino para hacer una revolución. Esos nos exige inventar (en sentido robinsoniano) nuevas formas de gobierno, experimentar. En esa andamos.
Clara la orientación estratégica, es necesario realizar innumerables movimientos tácticos. Adecuar las instituciones bajo mi responsabilidad directa, allí donde sea necesario, para que marchen al ritmo que nos exige no sólo el momento político, sino una nueva etapa histórica, plena de amenazas, retos y desafíos. Igualmente, habrá que estrechar las alianzas con el movimiento popular, que tiene muchísimo que aportar. Es urgente identificar las causas que han incidido en un cierto apaciguamiento de los consejos comunales, siempre en la perspectiva de fortalecerlos. Al respecto, ya hay un trabajo adelantado. El vasto campo de la “protección social”, en el que ha habido avances realmente notables, será abordado de manera tal que logremos superar definitivamente la lógica asistencialista. Y todavía no dicho palabra sobre las Comunas. Pero esto es sólo un adelanto. Uno muy parcial, por cierto.
Termino por donde comencé: la diferencia entre observar y participar. ¿Una revolución no consiste precisamente en que los que antes sólo éramos espectadores invisibles pasamos a ser partícipes y protagonistas de nuestro destino? Me gusta pensar que hoy asumo esta responsabilidad porque nosotros, los comunes, ahora tenemos un lugar, y no como antes, cuanto todos los espacios eran secuestrados por las elites.
Qué fortuna poder vivirlo y poder contarlo.
| Postado em 13/05/2013 ás 16:31 |
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| O desafio da Revolução Bolivariana |
Un par de compañeros coincidieron en que el ajustado resultado del 14A equivalía a volver a comenzar. “Es como si estuviéramos empezando” y “es como volver a 2002″, me comentó cada uno por su lado, en momentos distintos. Pienso que esta apreciación, correcta a mi juicio, encierra una de las claves para pisar con pie firme en este momento político tan movedizo.
Lo primero que tendría que decir es que me equivoqué. Me equivoqué no sólo en el “pronóstico” electoral: imaginaba un resultado quizá un poco más ajustado que el del 7O, con algo de abstención en el chavismo, ligeramente mayor en el antichavismo, y una ventaja alrededor de los diez puntos, probablemente menos. Nunca consideré seriamente, eso sí, la hipótesis de obtener más votos que los 8 millones 191 mil 132 alcanzados por el comandante Chávez el año pasado.
Pero además cometí otro error de cálculo: me resultaba claro que el 15 de abril amaneceríamos en otro país, que entraríamos en otra etapa de la revolución bolivariana, con algunos desafíos inéditos (casi todos derivados de la ausencia física de Chávez), con la fortaleza que otorga una nueva ratificación de la vía bolivariana (el 14A), con la necesidad de actualizar el inventario de problemas a los que nos enfrentamos, retomar discusiones estratégicas, etc.
Sin embargo, sucedió que el país ya no era el mismo el 6 de marzo. Algún profundo impacto produjo la muerte del comandante en las filas del chavismo, cuyo alcance todavía no alcanzamos a medir con precisión. Muy preliminarmente, podría trabajarse la hipótesis de que algunos centenares de miles juzgaron que con la partida de Chávez había que despedirse también del proyecto político que lideró. Tal vez esto nos permita comenzar a entender el estrecho margen del resultado del 14A.
Lo que sí está claro es que la revolución bolivariana no murió con el comandante Chávez, y en esto hay que insistir, aunque a muchos nos parezca obvio. Tanto así no murió, que sin la conducción de ese gigante de la política que fue Chávez, fuimos capaces de derrotar nuevamente a la candidatura de la oligarquía. Hoy nos resulta muy difícil evaluar el significado histórico de esta difícil contienda de la que hemos salido airosos, pero tal vez en el futuro se tenga como ejemplo de pueblo revolucionario que sigue batallando y triunfando a pesar de la muerte de su líder.
Es en este sentido que me parece correcta la apreciación según la cual estamos comenzando de nuevo. Llegamos hasta aquí con un acumulado histórico, por supuesto. Con grandes avances materiales y espirituales. Con una cultura política en vías de consolidación. Pero hemos perdido a nuestro líder. Tal era su peso, su importancia, su influjo de estratega, que en su ausencia estuvimos cerca de retroceder más de la cuenta. Es nuestra fortaleza lo que lo ha impedido. Nuestra conciencia, si se prefiere el término.
Si estamos comenzando de nuevo es porque no hemos perdido. Pero sobre todo: no estamos comenzando desde cero.
Por eso me parece incorrecto evaluar el resultado del 14A como una expresión de la falta de “conciencia” del pueblo “traidor”. Absolutamente todo lo contrario: el 14A es el más claro ejemplo de lo que es capaz de hacer un pueblo que toma conciencia de su propia fuerza y de la imperiosa necesidad de promover nuevos hombres y mujeres que vayan asumiendo funciones de liderazgo.
Se viene opinando mucho del pueblo “beneficiario” que decidió votar por sus enemigos de clase. No obstante, lo que hay que combatir, y éste debe ser un combate sin cuartel, es esta lógica del “beneficiario”. Esa imagen de pueblo que vota por la opción revolucionaria por el simple hecho de que se “beneficia” de ésta o aquella Misión, y que está en la cabeza de mucho izquierdista “consciente” y de tanto burócrata de partido o de oficina, lo que hace es desdecir de la idea misma de conciencia, y termina reproduciendo la lógica del discurso que ha construido el antichavismo para referirse al pueblo chavista.
También se habla mucho de los errores de gestión del gobierno bolivariano, y hay quien aventura que el resultado electoral da cuenta de algo así como un voto castigo. No estoy de acuerdo. Conozco gente chavista, de clase media, que dejó de votar no sólo “segura” de la victoria de Maduro, sino como “castigo” por fallas de gestión. Pésima lectura del momento: el 14A no estaba en juego nada parecido a la gestión, sino el legado político del comandante Chávez, y la continuidad o no de la vía democrática y revolucionaria.
Si de gestión se trata, lo primero que hay que decir es que el acento debe estar puesto siempre en la política. La revolución bolivariana jamás se ha tratado de administrar peor o mejor el Estado, sino de derrotarlo, creando una nueva institucionalidad. Porque más allá del Estado en abstracto, hay un Estado concreto hecho a la imagen y semejanza de los intereses de la oligarquía. ¡Golpe de timón! Si de gestión se trata, ahondemos en el tema de la “ineficiencia” de un funcionariado acomodado y pusilánime, pero también hablemos de la eficacia política, tal y como la planteaba Maneiro, y que remite a la capacidad de dirigir el gobierno ofreciendo soluciones concretas a los problemas fundamentales de la nación venezolana. Y eso sólo se hace llevando adelante una revolución.
Hablemos también del saboteo eléctrico, de la especulación, del desabastecimiento, fenómenos en torno a los cuales muchos de nosotros caemos en la trampa de responsabilizar exclusivamente al gobierno, pero no al saboteador, al especulador, a los criminales que juegan con los alimentos del pueblo. Una consigna de los primeros años de revolución daba cuenta del acelerado proceso de politización del pueblo venezolano, de su inigualable claridad: “Con hambre y desempleo, con Chávez me resteo”. Hoy podría decirse que si hemos triunfado el 14A, lo hemos logrado porque, como escribía un compañero, “con especulación y saboteo, con Maduro me resteo“.
Dejemos a un lado la soberbia, que tanto daño hace. Ninguno de nosotros imaginó nunca el resultado del 14A, lo que hace sencillamente inexcusable el “telodijismo”. Ya basta de ególatras y obviólogos. Nadie lo predijo. Nadie pudo hacerlo. El país cambió y no nos dimos cuenta. Dejemos de distribuir culpas y de emplear esquemas que sólo servían para pensar el país en el que vivíamos antes del 5 de marzo.
Todavía hay algunos que piensan que, tal y como sucedía tras cada elección desde hace muchos años, estos son los días para la “autocrítica”. Qué palabreja tan manida. Comencemos por reconocer que nos equivocamos. Que la respuesta a todas las preguntas inéditas que van aparecido sólo las vamos a encontrar escuchando al pueblo.
Algunos llegan al extremo de decir que la del 14A fue una victoria con sabor a derrota. Vayan a decírselo al pueblo que no sólo celebró hasta más no poder la victoria del domingo, pueblo satisfecho que cumplió su juramento de lealtad al comandante Chávez, sino que ahora está presto a defenderla con su vida. Porque pueblo consciente no tiene tiempo de estar rumiando derrotas inexistentes, y muchísimo menos cuando el fascismo acecha.
En este país que cambió, en esta revolución que vuelve a comenzar, el pueblo chavista está de pie y tiene nuevo Presidente. Sí, es cierto, Nicolás Maduro no es Chávez, pero es que nunca pretendió serlo. ¡Pero es que ya nada es lo que era! Hemos entrado en una nueva etapa, y le correspondió al compañero Maduro estar a la cabeza. Pues con Maduro me resteo.
| Postado em 29/04/2013 ás 21:17 |
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| Sem poder popular não há revolução |
(Entrevista para el portal argentino Marcha, realizada por el compañero Juan Manuel Karg.
De cara a la próxima elección a realizarse el 14 de abril próximo, y teniendo en cuenta los primeros sondeos difundidos, que otorgan una clara ventaja a Nicolás Maduro, ¿Cuáles son las perspectivas que se abren en la Revolución Bolivariana para un próximo periodo de gobierno?
Pienso que todos los que estuvimos en las calles de Caracas el 6 de marzo tenemos una idea bastante precisa de cuál será el resultado de la elección del 14 de abril. Ese día presenciamos o participamos en una manifestación de la que sólo podemos decir que tiene precedentes en Venezuela porque son muchas las grandes manifestaciones populares que han tenido lugar durante los últimos 14 años, desde que llegó Chávez y comenzamos a conocer lo que es vivir los tiempos intensos y maravillosos de una democracia. Si hemos llegado a “acostumbrarnos” a experimentar tan intensamente la democracia, esto no quita, que antes de Chávez padecíamos un remedo de democracia. Parece obvio, pero no lo es: esto no siempre fue así y no hay que olvidarlo.
Algo similar puede decirse del 6 de marzo: si nos acostumbramos a ver al pueblo volcado en las calles por varios centenares de miles, debemos hacer un esfuerzo por identificar lo que el 6 de marzo tiene de singular. Porque no sólo se trató de una manifestación multitudinaria. Aquel río humano, a medio camino entre la marcha y la procesión, no tenía como propósito inmediato despedir al líder. No fue un acto melancólico. Al contrario, fue una demostración de lealtad, de agradecimiento. Fue la reafirmación masiva de un compromiso de lucha con el hombre que la encabezó durante más de dos décadas. Aquí estamos y aquí seguimos.
Precisamente porque en Venezuela experimentamos la democracia con particular intensidad, ella está lejos de significar simplemente la voluntad de la mayoría. Para limitar la capacidad de maniobra de las fuerzas que no creen en la democracia participativa y protagónica, siempre ha sido necesario triunfar contundente, categóricamente. Es lo que debe suceder nuevamente el 14 de abril, y me parece que incurrimos en un grave error si asumimos como un hecho que obtendremos más votos de los que alcanzamos el 7 de octubre pasado, cuando reelegimos al comandante Chávez. El mismo Chávez advirtió reiteradamente contra la seria amenaza del triunfalismo. El triunfalismo nos hace débiles, y con alguna frecuencia las encuestas nos distraen.
Dicho esto, debo agregar que me parece que la mayoría del pueblo venezolano tiene mucha claridad sobre el desafío histórico que tiene por delante. Algún día se hará el inventario de las mentiras que dijeron o pusieron a circular las fuerzas más fanatizadas del antichavismo durante la convalecencia del comandante Chávez. Cuánto resentimiento, cuánto morbo, cuánto irrespeto a la dignidad humana. Intentando derrotar a Chávez una parte del antichavismo cedió irreversiblemente a la inhumanidad. El mismo Capriles protagonizó un episodio brutal y vergonzoso, cuando puso en duda la fecha de muerte de Chávez. De esta forma irrespetaba también al chavismo. Y hasta ahora el chavismo ha evitado caer en provocaciones. Ha canalizado sabiamente sus fuerzas.
¿Qué papel cumple en este contexto el Programa de la Patria 2013-2019?
En cuanto a las perspectivas, es claro que el comandante Chávez nos ha legado un programa, que es una carta de navegación. Un programa desarrollado al detalle en campos muy específicos, pero sobre todo un programa abierto, vivo, por desarrollar y concretar, y que junto a la Constitución Bolivariana nos indica el camino que habremos de seguir. Siempre junto al pueblo y subordinados a los intereses del pueblo, como lo expresó Chávez en su último discurso.
Henrique Capriles ha llamado a su comando de campaña con el nombre “Simón Bolívar”. ¿Cuál es el significado de esta “emulación”, por parte de Capriles, del legado político del chavismo? ¿Hay cierta desesperación de Capriles en este tipo de acciones?
Es un asunto que hemos conversado mucho, entre compañeros: ¿se trata de un acto que traduce una desorientación o de una vulgar provocación? Claro que esto no sucede súbitamente. No se puede decir que fue algo “inesperado”. Este gesto guarda una clara relación de continuidad con lo que fue el manejo de símbolos durante la última campaña presidencial. Es algo resabido: el chavismo impuso una cultura política, luego el antichavismo se convenció de que para lograr establecer alguna interlocución con el chavismo tenía que tomar algunas de sus ideas-fuerza y recrearlas, resignificarlas. Claro está, con Capriles Radonski esto llegó al extremo, porque en su empeño por hacer mímesis, comenzó a imitar malamente el lenguaje popular, pero sobre todo comenzó a imitar el lenguaje corporal de Chávez, a repetir algunas de sus frases, etc. Daba cierta pena ajena.
Podría decirse que todos sabíamos que, con motivo de la muerte del comandante Chávez, darían un paso adelante: la mañana del 7 de marzo, mientras hacía la larga cola en Fuerte Tiuna, escuché a mucha gente decir que ahora el antichavismo comenzaría a hablar bien de Chávez y mal de Nicolás Maduro. Dicho y hecho. Siguen creyendo que el pueblo venezolano es tonto. Pero luego dieron un paso más: intentar recuperar el nombre de Bolívar, mientras hacen un esfuerzo desesperado porque no se hable de Chávez. Prohibido hablar de Hugo Chávez. Parece un mal chiste, pero Primero Justicia solicitó públicamente que el chavismo dejara de nombrarlo. Durante la campaña pasada, Capriles Radonski tenía expresamente prohibido hacerlo. Ahora menos. Porque está más presente que nunca, la sola mención de Chávez le resulta al antichavismo no sólo insoportable, sino extremadamente peligroso. De manera que utilizar el nombre de Bolívar es una manera bastante curiosa de intentar silenciar a Chávez. Vano intento. Para la mayoría del pueblo venezolano, después de Hugo Chávez, Simón Bolívar más nunca fue el mismo. Nombrar a Bolívar es otra forma de nombrar a Chávez.
En una de sus últimas apariciones públicas, Chávez pidió nuevamente avanzar en la conformación de Consejos Comunales y Comunas. Allí hasta llegó a sentenciar “Independencia o Nada. Comuna o Nada”. ¿Qué papel debe cumplir el Poder Popular en el periodo 2013-2019, en caso de que Maduro resulte electo?
Un papel de primer orden. Sin el papel protagónico del poder popular no hay revolución bolivariana. Es simple. Tendríamos una democracia mejor o peor gestionada, pero nunca una revolución. En un proceso de transformaciones revolucionarias la política precede y determina a la gestión, y no a la inversa. En cuanto al Estado, nuestra tarea no es gestionarlo mejor o peor, sino minarlo, acabar con él y construir una nueva institucionalidad. De lo contrario, será esa institucionalidad corrompida y anquilosada la que acabe con nosotros. Esa vieja institucionalidad nos pone obstáculos una y otra vez. Cuando el comandante Chávez hablaba de consejos comunales y de Comunas, cuando impulsaba su creación y multiplicación, lo hacía intentando prefigurar el nuevo Estado que habrá de surgir de las ruinas de este armatoste que es a nosotros como una camisa de fuerza. Claro está, se trata de figuras novedosas, y su proceso de conformación es muy incipiente. Es fundamental corregir errores, atacar los vicios de la vieja política; igualmente, entender que las Comunas no se construirán “desde arriba”, y que en caso de que elijamos ese camino, cualquier cosa que construyamos tendrá cimientos muy débiles. En fin, durante el nuevo período nos corresponde revisar, hacer balance de cómo avanza el proceso, corregir entuertos y seguir adelante.
| Postado em 08/04/2013 ás 08:48 |
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| Para Brilhar |
No me gustan los escritos del tipo “Chávez y yo”. Chávez fue, y de cierta forma sigue siendo, un ser humano que alumbraba, una persona que centelleaba una fuerza extraordinaria que, por cierto, no debe confundirse con el carisma. Fue ciertamente eso que llaman un líder carismático, pero también fue más que eso. Fue un hombre que irradiaba luminosidad. Un hombre, ante todo, y no un santo adornado con su respectiva aureola, como en las estampitas religiosas. Chávez ha sido para mí, fundamentalmente, un motivo de alegría. Por eso me parece que la peor manera de rendirle homenaje es pretender robarle algo de esa luz para iluminarnos con ella. No porque debamos permanecer a la sombra del gran hombre que fue, sino porque fue un hombre que nos alentó siempre a brillar con luz propia.
Si el pueblo venezolano hoy resurge y resplandece, material y espiritualmente, es porque supo reconocerse en el hombre que llegó un buen día para decirle en su cara a los poderosos de este mundo lo que teníamos atravesado en la garganta; pero también porque supo reconocer las limitaciones del hombre, sus errores y los errores de los suyos, que son también nuestros errores y limitaciones. Me parece que esta disposición para el reconocimiento recíproco es lo que explica la relación de proximidad entre el líder y su pueblo. Chávez no fue nunca figura lejana y ajena porque aprendimos desde muy temprano a aceptarnos mutuamente, tal como somos. El nuestro fue siempre un amor, una rabia, un dolor correspondidos. Eso nos hizo fuertes e inseparables. Fuertes para cambiar.
Eso es la revolución bolivariana: un acto de alumbramiento colectivo. Chávez hablaba de un ardimiento. El mismo ardimiento del pueblo anhelante que alumbra cuando se dispone a luchar, es decir, a cambiar lo que somos y lo que nos circunda.
Ese pueblo anhelante que alumbra ha vuelto a desparramarse por las calles con la muerte de Chávez. La noticia fue recibida con un estremecedor lamento colectivo, y de inmediato un eco de dolor resonó por todas partes, o por casi todas. Es algo que nunca olvidaremos quienes lo vivimos. Desde entonces, cada quien a lo suyo: quienes lo odiaron en vida celebraron su partida, y no han dejado de escupir sobre su cadáver. Para su desdicha, centenares de miles hemos acudido hasta su féretro para acompañarle y reafirmarle nuestro compromiso de seguir adelante, en una procesión interminable. Muy pronto serán millones. Como él mismo lo profetizara, Chávez se ha hecho millones.
¿Algo que no me gustaba de Chávez? Los días en que le daba por recordar las palabras de ese Bolívar apesadumbrado, abatido y enfermo que veía cómo se derrumbaba su sueño de unión latinoamericana: “He arado en el mar”. En ocasiones hurgaba más a fondo en la vergüenza nacional y acompañaba estas palabras con fragmentos de la última proclama del Libertador, del 10 de diciembre de 1830: “Mis enemigos abusaron de vuestra credulidad y hollaron lo que me es más sagrado, mi reputación y mi amor a la libertad”. Y se largaba el comandante a rememorar cómo la noticia de la muerte de Bolívar había sido recibida con tibieza y hasta con indiferencia por el pueblo venezolano. Me resultaba demasiado extraño escuchar a un Chávez presa de la angustia, seguramente agobiado por la responsabilidad histórica que reposaba sobre sus hombros. Debo reconocer que lo juzgaba muy severamente: un Chávez acongojado era un lujo que no nos podíamos permitir. Estaba obligado a permanecer incólume.
Estos días he pensado mucho en esto último. Carajo comandante, no has arado en el mar. No sembraste en el viento.
Hay otro pensamiento que tampoco me abandona: Chávez se nos fue sin pronunciar su último discurso. Estoy convencido. Qué duda puede caber de que el comandante estaba al tanto de los riesgos que correría durante su cuarta intervención quirúrgica. Su alocución del 8 de diciembre es testimonio de esto. Pero lo que ha debido ser sólo testimonio terminó siendo testamento. Quién hubiera podido imaginar que aquella noche sería la última vez que lo escucharíamos cantar, hacer chistes, reflexionar, tomar decisiones. Tengo para mí que el comandante tenía la plena confianza de que volvería a estar entre nosotros. Supongo que todos la teníamos. No pudo ser. Y esta imposibilidad hace mil veces más dura su partida. Porque no es justo. Porque todos sabemos cuánto hubiera querido volver y sonreír y cantar y decir que Florentino había vuelto a vencer al diablo. Duele la oportunidad que le robó el destino.
Tal vez me equivoque, por supuesto. Tal vez eso que llamo convencimiento sea una de las formas que asume el duelo. Quizá se trate, simplemente, de que Chávez, el comandante, pero sobre todo el hombre, nos hace falta, mucha falta. De la misma forma que muy de vez en cuando a Chávez le asaltaba la duda, temiendo no estar a la altura de su pueblo (que es lo que estaba detrás de sus referencias al Bolívar en sus últimos días), a nosotros nos asalta la duda, temiendo no estar a la altura del legado de nuestro líder. Cuánto quisiéramos escuchar su palabra, un último discurso, por breve que fuera.
Pero son cosas del dolor, propias de estas circunstancias difíciles. No está de más que pasemos revista de nuestros temores y limitaciones, porque sólo de esa manera podremos evitar incurrir en errores que pongan en riesgo el camino que hemos comenzado a andar. La cuestión es clara: el mejor homenaje que le podemos rendir al comandante Chávez es convertirnos en un pueblo que brilla con luz propia. Asumir que nos queda su palabra dicha y escrita, y que nos corresponde a nosotros seguir alzando nuestra voz. Para que se siga escuchando firme y clara. Para que se haga la voluntad popular, Chávez nuestro que recorriste esta tierra y quedaste sembrado en ella, amén.
| Postado em 16/03/2013 ás 11:33 |
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| Acompanhando Chávez um dia depois |
Féretro de Chávez en la Avenida Lecuna. Por: Sandra Mikele
La noche del 5 de marzo transcurrió en calma. No una calma tensa, como la que antecede a las grandes conflagraciones, sino “simplemente calma”, como supo precisar mi hermano. Una calma lenta, insomne, dolorosa. La misma que percibimos cuando salimos, en familia, a la calle este miércoles de despedida. La calma posterior al desenlace. Eran las 12:05 de la tarde y el sol golpeaba fuerte. Caminando en dirección al Metro nos fuimos haciendo parte de algo más grande. Abordamos el tren rumbo a Teatros. Ya en nuestro destino, nos resultó imposible acceder a la Avenida Lecuna: la multitud agolpada en la salida (y en todas partes) nos lo impedía. Dimos marcha atrás, hasta Nuevo Circo. En cuestión de minutos ya caminábamos por la Lecuna, en dirección oeste, de donde provenía un rumor como de río crecido. Decidimos apostarnos frente a la esquina El Rosario, diagonal a la estación de bomberos, exactamente en el punto donde el cortejo se desviaría para tomar la Avenida Fuerzas Armadas. Y esperar. A la 1:05 de la tarde nos reencontramos con el comandante. Cuántas veces, en tantas manifestaciones, lo vimos pasar igual de cerca, saludando, siempre sonriente, y ese remolino inevitable a su alrededor. Hoy volvimos a verlo, convertido en bandera bañada de flores. Cuánto dolor. Llanto, gritos ahogados. Alguien entonó el himno nacional y lo seguimos, pero rápidamente quedó a medio camino. Hay cosas más urgentes. Déjame verlo. Déjame grabar este momento en mi memoria. Déjame decirle que aquí estuve, acompañándolo una vez más, porque era lo mínimo que podía hacer. Después de todo.
Después de tanto. Después del aluvión, y cuando ya lo habíamos perdido de vista, bajamos poco a poco hasta la Fuerzas Armadas. Era difícil caminar, colarse entre la gente. El sol apretaba y Ainhoa Michel dormía. El comandante avanzaba lentamente, en medio de una lluvia de flores. Nos detuvimos a mirar aquello. Seguimos. Poco a poco. Sin apuro. Me crucé con un amigo colombiano, que me abrazó y lloró. Algunas personas gritaban que los restos del comandante debían reposar junto a Bolívar en el Panteón. Me parece que Chávez se sentiría más cómodo en el Cajón de Arauca. ¿Cuál habrá sido su última voluntad? Lo cierto es que el comandante ya entró en el panteón de nuestros héroes populares. Chávez, el invicto. Chávez, el que murió Presidente. Chávez, el que jamás le dio el gusto a la rancia oligarquía. Dondequiera que esté, nos está guiñando el ojo. Mientras tanto, la oligarquía, que tiene noción muy clara de que Chávez reposa desde ya entre nuestros inmortales, deseando no ver. Casi en la Avenida Nueva Granada conversé telefónicamente con un periodista brasileño. No alcancé a escuchar su nombre. Las preguntas de rigor. Le expliqué que la continuidad de la revolución bolivariana estaba plenamente garantizada. Que Chávez no podía entenderse sin el chavismo, y que el chavismo estaba en la calle.
Hablamos cerca de diez minutos. Decidí interrumpir la entrevista cuando me habló del “personalismo” y de la “adoración” al comandante. Antes me había preguntado si sería posible ver emerger una figura del mismo calibre de Chávez. “No en esta generación”, le respondí. De la manera más amable que pude le expliqué que si continuábamos pensando la política latinoamericana en términos de “caudillos” y “masas enardecidas” que les siguen ciegamente, no entenderíamos nunca nada. Le pedí que me disculpara, que prefería seguir acompañando a la “persona” Chávez. Avanzamos a lo largo de una Nueva Granada repleta de gente y el aliento nos alcanzó hasta La Bandera. Poco después de las 3 ya estábamos en casa.
Provoca cierta desazón, pero sobre todo alivio, leer al antichavismo “ilustrado”. En el justo momento en que acompañábamos a Chávez en la calle, protagonizando uno de esos episodios indelebles de la historia patria, ellos denunciaban la “inconstitucionalidad” de Maduro como Presidente. Vaya puntería.
Lo que viene es simple y no hacen falta ni los “expertos” ni los obviólogos para saberlo: habrá elecciones y las ganaremos. Nicolás Maduro tendrá el honor de ser el primer Presidente chavista después de Chávez. Eso en cuanto corresponde al cortísimo plazo. Ahora bien, qué será de la revolución bolivariana, eso es otra cosa. La cuestión no es si seguirá habiendo, sino cómo. Ese es el asunto que debe pasar a ocuparnos. ¿Qué rumbo seguiremos? El comandante Chávez ha aportado unas cuantas “pistas” al respecto.
Ellos seguirán hablando de “inconstitucionalidad“, de “militarismo“, de tercermundismo, de lo realmaravilloso, desgajarán el legado del caudillo Chávez, la revista Time le dedicará su portada. Allá ellos. No perdamos el tiempo nosotros. Como repetía con mucha frecuencia Chávez durante los primeros años de revolución, siguiendo a Jesús de Nazareth: “Dejad que los muertos entierren a sus muertos”.
| Postado em 10/03/2013 ás 10:17 |
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